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Los tesoros que bordean el faro Roncali

Los tesoros que bordean el faro Roncali

Es inevitable cuando se está a los pies del faro Roncali, al borde de sus farallones jamás violados por ningún huracán, no trasladar la imaginación a tantas historias de piratas y tesoros existentes acerca de Guanahacababibes.

Se sienten relajados cuerpo y mente  al estar en esta península que constituye un sitio entre misterioso y atractivo para quien la visita y contempla el mar calmado que acaricia playas de blanquísimas arenas.

Recordábamos cómo hace algunos años un torrero del faro Roncali nos dijo en una entrevista que cierta vez vio entre los farallones a un hombre vestido a la usanza del siglo XVI. Así es el imaginario popular, y no es para menos, en una zona que suscitó una de las más famosas leyendas en la historia del corso y la piratería: el tesoro de Mérida.

El historiador Gerardo Ortega afirma que el nombre de Cabo Francés, uno de los sitios de la península, se debe a la estancia  en 1670 del famoso pirata, Francisco Lolonois, El Olonés de origen francés, quien merodeó por la costa sur de Guanahacabibes.

Cada pedacito de tierra allí tiene una historia que se mezcla con la leyenda, a tal punto de no saberse dónde comienza una y termina la otra.

Este es el caso del sitio conocido como La furnia, del que cuentan que un capitán que tenía bajo sus órdenes a decenas de piratas los engañaba con el reparto del botín y al final los envenenaba en el vino que les distribuía.

Dicen que a fines del siglo XIX todavía estaba el hueco lleno de cruces que desaparecieron con el tiempo.

En busca de esa filosofía auténticamente natural acerca de la vida, preguntamos por aquel torrero que entrevistamos en 1999; pero no se encontraba.

Conversamos con otro de ellos, Mario Borrego Prieto, quien vive a escasos metros del faro Roncali en una confortable casa de mampostería. Lleva 27 años en aquel sitio.

Le preguntamos quiénes mantienen tan ordenado el pequeño y ya cerrado cementerio ubicado junto al terraplén que lleva hasta el faro.

“Yo tengo enterrados allí a varios sobrinitos chiquitos y a una hermanita”. Lo dice así, y parece que el tiempo no ha pasado por él. Su memoria está intacta, como detenida en aquellos años cuando  por allí no había ni un médico y la gente se moría sin que nadie los atendiera.

Eran enterrados allí mismo, en aquel pequeño pedazo de tierra con cruces, que ha sido cercado y que es cuidado por los propios torreros, como veneración a sus muertos.  

Nos estremece este hombre de hablar pausado, manos callosas y mirada que parece perdida en el mar.

Leyendas sobre las cuevas de la zona y los piratas viven y crecen en Guanahacabibes, será porque aún conserva su mayor tesoro: la diversidad natural de su entorno, esa que puede sorprenderte al ver a un carpintero churroso picando en el tronco de un cocotero, o a una iguana, que tranquilamente atraviesa la carretera que llega al faro, y después se refugia en los farallones.

No hay mosquitos en este tiempo, para nuestro beneplácito, y bendecimos la primavera con su invasión de cangrejos rojos que salen del bosque al mar para su cortejo de amor y fecundación.     

 

 

 

 

 

  

 

 

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