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Fue en Pinar donde empecé a amar el ballet. Carlos Acosta

Fue en Pinar donde empecé a amar el ballet. Carlos Acosta

Carlos Acosta: La gran estrella cubana 


Por: José Luis Estrada Betancourt 

Carlos Acosta regresa una vez más a su Isla, pero ahora viene acompañado de una gran familia, sus compañeros del Royal Ballet. La temporada que la compañía británica presenta en La Habana ha sido posible, en buena medida, por el entusiasmo y el empeño de Acosta, estrella internacional del ballet.

Su historia parece pura ficción, podríua ser muy bien el argumento de una novela: "Es posible -comenta-. Desde pequeño andaba en pandillas callejeras. No soportaba la escuela y mis pasos se encaminaban, sin ninguna dificultad, hacia la delincuencia. Mi padre, atormentado, acudió a una vecina, su amiga, quien le propuso que me llevara a la Escuela de Ballet de L y 19. De ese modo aseguraba tenerme controlado. Mi papá no lo pensó dos veces, pues con eso se quitaba un buen problema. Claro, si le preguntas ahora te dirá que disfrutaba el ballet, pero la realidad era otra.

"Fue de ese modo que llegué a L y 19 en contra de mi voluntad, porque quería ser futbolista. Al inicio vivía lleno de arañazos y de moretones, pues mis compañeros de andanzas me gritaban “mariquita” y tenía que defender mi honor. Las cosas empeoraron cuando mi mamá sufrió un derrame cerebral y mi padre entró dos años en prisión, por un accidente. Les correspondió a mis dos hermanas encargarse de mí. Es decir, que estaba casi libre y, como casi aborrecía el ballet, comencé a faltar a la escuela. Dejaba “colgados” los espectáculos. Al parecer era insoportable, porque decidieron trasladarme a Villa Clara, lo cual, en el fondo, era una expulsión. Lo supe al llegar a la escuela y ver que nadie me esperaba. Ni siquiera existía el cuarto año de nivel elemental, que era el que cursaba. En fin, me quedé en la calle y sin poder regresar a L y 19".

¿Y qué sucedió después?

"Mi padre fue a Pinar del Río, y probó en la Escuela de Arte de allí, donde no querían habaneros, pues tenían fama de ser desastrosos. Después de largas conversaciones, me pusieron un mes a prueba. Yo no hablaba con nadie, porque me habían jurado que me romperían la cabeza. Luego, me aceptaron y pude terminar el nivel elemental. Fue en Pinar del Río donde empecé a amar el ballet. Estaba becado, y no tenía que fajarme, solo y con nueve años, con tres guaguas. Mis profesores eran increíbles. Sobre todo, Juan Carlos González, quien hizo una labor encomiable y despertó en mí esas ganas de superarme, de ser mejor.
El caso es que regresé a La Habana, a L y 19, para hacer mi examen de pase de nivel. Ya era otro. Había entrado en juicio. Estaba grande. Se me había estirado el cuello, tenía un afro así (y dibuja con sus manos algo similar a la copa de un árbol). Bueno, para no cansarte, cogí cien puntos, evaluación que muy pocas veces se ha otorgado. Fue un escándalo.

"Pienso que a veces nos vamos por la vía más fácil, y decimos: no sirve, vamos a botarlo, pero no nos preguntamos por qué es así. De todos modos, creo que a la larga me hizo bien. Soy de los que se imponen, de los que perseveran. Yo no me consideraba una persona mala, insensible. Tampoco era falta de respeto.

A los 16 años viajas a Italia. ¿Cómo te llegó esa oportunidad?

"En el examen Ramona de Sáa me vio. Por aquel entonces existía un intercambio cultural entre la Escuela Nacional de Ballet y el Ballet del Teatro Nuevo de Turín, Italia. Entonces, se decidió probar con dos alumnos, quienes se integrarían al trabajo de esa compañía. Me escogieron a mí y a otro muchacho llamado Ariel Serrano. En ese período estábamos haciendo Carmen. No se me olvidará nunca, porque su coreógrafo, fallecido ya, le dijo a Ramona que yo tenía algo especial y le sugirió que me preparara para el Grand Prix de Lausanne, Suiza. La profesora estuvo de acuerdo e inició el entrenamiento. Para decirte verdad, yo no sabía si eso se comía, pero si ella creía que era bueno, era suficiente. La asistencia al certamen fue una odisea. Fui el último en inscribirme, sin embargo, gané el tan codiciado galardón. A partir de ese momento, mi suerte comenzó a cambiar. Ya no era del cuerpo de baile, sino que hacía papeles de solista.

Pero en tu vida de estudiante hubo otros premios...

"De vuelta a Cuba me adiestraron para la Bienal de Danza de París, donde también obtuve el Grand Prix y la medalla Chopin, de la Corporación Artística de Polonia. A estos le siguieron otros como el Premio al Mérito, en el Concurso para Jóvenes Talentos de Positano, Italia; y el de Vignale Danza. En 1995 alcancé el Premio a los Jóvenes Artistas, Fundación Princesa Grace, en Estados Unidos. Imagínate tú, ya eran tantos que me llamaban “el mulato de oro”.

No obstante, no todo ha sido felicidad. Por ejemplo, en el Royal Ballet, de Londres, estuviste en el banco.

"No fue exactamente así. Más bien no se me explotaba de la manera que yo quería. Es muy fácil encasillarte: tú eres el bufón o haces Guaguancó, pero no serás el príncipe. Y yo consideraba que no estaba allí para dar brincos nada más. Yo soy un artista. Por tanto, tuve que situar las cosas en su lugar. Cuando se bailaba Romeo y Julieta, me llamaban para Mercucio. No se trataba de que tuviera algo en contra de ese rol, pero me molestaba que no se pensara en mí como Romeo. Tampoco me daban las noches de apertura. En cambio, las hacía un bailarín de menor categoría, quien, modestia aparte, era inferior a mí en el personaje. Así que llegó el momento en que ya no pude aguantar. Lo expliqué. Me dieron la oportunidad, y ahí mismo se fastidiaron".

¿Qué ambiciona Carlos Acosta?

"Que la gente disfrute de mi arte. Deseo que la persona que acuda al teatro para verme, olvide, por un momento, sus problemas cotidianos. Lograrlo, para mí, no tiene precio. En todo este tiempo me he preocupado por ser el mejor que yo pueda ser, por explotar al máximo mis condiciones. No me quita el sueño si estoy o no dentro del ranking mundial. Lo mío es que el público se conecte con lo que hago".

¿Qué te indujo a incursionar en la coreografía?

"Mi instinto. Sentía que debía contar una historia. Y surgió Tocororo, basada en mi vida. Quería crear un gran espectáculo; que los cubanos lo gozaran. Por suerte, me salió bien. Gustó aquí, y en Londres rompió récord de ventas. Gracias a esta obra fui nominado al premio Lauwrence Olivier, el equivalente al Oscar o al Tony, pero en Inglaterra".

¿Habrá otras coreografías?

"Quiero hacer un musical inspirado en el Caballero de París, lo cual me tomará seguramente un año y medio o dos".

¿Qué te gusta bailar cuando actúas en la Isla?

"En lugar de Don Quijote o El lago de los cisnes, prefiero bailar las creaciones que muestran las tendencias coreográficas más actuales en el mundo, porque es importante que mi gente esté enterada de lo que está aconteciendo en este arte, el cual, sobre todo, debe resumir emociones; que sepa apreciar las nuevas influencias y la interpretación, la historia, la dramaturgia. En ello está el futuro. El arte del ballet es mucho más que interpretar los clásicos".

¿Qué es Cuba para Carlos?

"Todo. Mi casa, mi familia, mis amigos. No puedo vivir sin esta preciosa Isla y su gente".

Tomado de

http://www.cubasi.cu 

 

Imagen: Carlos Acosta

 

Entrevista con Tamara Rojo, primera bailarina del Royal Ballet, en:

 

http://www.juventudrebelde.cu/cultura/2009-06-21/tamara-rojo-sigo-siendo-un-poco-rebelde/   

 

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