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El Cabo y sus gentes

El Cabo y sus gentes

 

Tienen los seres sencillos un modo grande de vivir. Libres, abiertos a la naturaleza, las lunas y los soles. Como los pueblos más antiguos, apegados a las más esenciales claves de la existencia, como si les estorbaran las telas, el brillo, la vanidad.

No son esos los rumbos del desarrollo, ni la posmodernidad, pero ello no quita que no podamos acercarnos a ese universo y entender por qué hay seres que encuentran la paz en él, a su modo, a su ritmo, desde su propia identidad.

Son personajes que podrían brillar en cualquier novela sobre lo rural en la era global.
Ese es el caso de Mario Borrego Prieto, uno de los torreros del faro Roncali, último punto de la geografía occidental de Cuba.

Después de desandar varios parajes del siempre sorprendente Cabo de San Antonio, con su invasión amorosa de cangrejos rojos en el cortejo por la vida en plena primavera, la conversación con alguno de los torreros era un testimonio fundamental en nuestras andanzas.

En la estación sinóptica preguntamos dónde vivía alguno de ellos. A la casa de mampostería llegamos en pleno mediodía, bajo un sol mordedor que dejó en la piel huellas rojas.

Borrego Prieto abrió la puerta trasera, por la cual tocamos. Andaba descalzo, no por falta de zapatos, sino por el gusto de sentir en sus pies la frescura del piso a tan estresante hora del día.

Nos fijamos en sus manos rudas, callosas, de quien sabe lo que es sudar para comer.

Después de las presentaciones nos miró sorprendido arqueando las cejas y dijo: "¡Pero si yo no tengo nada que contar, quizás alguna otra persona sí!".

Caramba, pensamos, tanta gente como busca en ocasiones a los periodistas sin tener mucho qué decir, y este hombre quiere resistírsenos a una plática.

Como para eliminar su turbación le hicimos la primera interrogante, un poco en broma un poco en serio, con todo el respeto que el popular campesino merece.

¿Usted ha visto alguna vez por aquí a un aparecido?
"Si usted quiere decir algún muerto, pues le digo que no, que nunca he visto a ninguno", respondió.

Entonces al ver que no cejaríamos en el intento de conversar con él, de lo que fuera, de lo humano, de lo divino, de animales, se arrellanó en lo alto de la pequeña escalera y se dejó llevar por sus recuerdos.

¿Qué hace hoy un torrero en el faro construido entre 1849 y 1850?
"Barro las escaleras del faro y el piso, vigilo que todo esté limpio y en orden e informo cualquier cosa que vea en el mar. Ese pequeño barco que usted dice que vieron ahora, lo trajeron las olas, así solito y lo dejaron ahí.

"Llevo 27 años en el cabo y desde el 93 vivo en esta casa. Menos el huracán Iván, he visto todos los que han pasado por aquí. Antes de su entrada evacuaron a todos pues se sabía que iba a ser tremendísimo. Ustedes saben, hizo muchos estragos a la vegetación y en La Bajada.

"No, nunca he sentido temor de esperar los ciclones aquí. Ahí hay un farallón -y su dedo índice apunta hacia el frente- que no deja que el mar suba, jamás las olas han podido hacerlo.

"Sí, no lo niego, me gusta el lugar, es tranquilo y yo hago mis pesquitas. Es lindo ver el mar todo el día. La naturaleza se recompuso ella sola después de aquel meteoro".

¿Usted nació en Guanahacabibes?
"Sí, nací en el Cabo. Mis padres tenían siete hijos. Nuestra casa era de palitos. El carretón de carbón se pagaba a 12 pesos después que te pasabas unos 11 días vigilando el horno y mirando las estrellas.

"¿El cementerio, pregunta usted?, pues sí, ahí hace años que ya no se entierra a nadie, pero los torreros seguimos atendiéndolo. Creo que el último que se enterró ahí fue por allá por 1964, se llamaba Maceo Borrego.

"Yo tengo ahí a una hermanita chiquita -afirma como si el tiempo no hubiera desandado su piel-. Tenía nueve años, se enfermó y no pudimos sacarla del Cabo.

"Cuando aquello sólo había médico en Cortés y Las Martinas y no se encontraba nada en qué salir. Ahí está enterrada ella. Yo limpio la tumba y le pongo flores".

Junto al sendero que conduce al faro Roncali, a pocos metros de él, está el cementerio. Cercado y con sus cruces, como historia que no quiere ser borrada, como el ayer que toca a nuestras puertas.

Mario trabaja hoy para la empresa Geocuba. Anota cuanto barco ve pasar. Sabe de la importancia de su trabajo. También como el faro, él vigila. Quiere que la tranquilidad del azul cercano, como de una postal, no sea rota.

Desde su mundo sencillo, sin grandes ambiciones, es un hombre hermanado con la naturaleza y dispuesto a cuidar de ella.

 

Tomado de:

 

http://www.guerrillero.cu/index.php?option=com_content&view=article&id=1421:el-cabo-y-sus-gentes-n&catid=40:variados&Itemid=60

 

 

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