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Cuba. Guajiros a la caza de la ciencia

Cuba. Guajiros a la caza de la ciencia

A este matrimonio de campesinos “no se le mueren los cochinos en la barriga”. La ciencia los enseñó a vivir de manera sostenible. Estos tiempos demandan la multiplicación de la experiencia.

 

 

“Usted me ve aquí, con esta ropa de campo, yo soy un guajiro famoso. Hace poco hasta un periodista japonés vino a hacerme una entrevista”.

Jaranero por excelencia, Agustín Pimentel Navarro muestra su buen talante desde que llegamos a su sencilla, pero confortable casita rodeada de montañas en un sitio conocido como Puesto Escondido, en La Palma.

Él y su mujer, María Valido Valido, viven rodeados de animales y sembrados en medio de una paz que solo rompe el canto de una gallina al poner un huevo.   

Tiene 50 variedades de frijoles sembrados, aunque tuvo 75 antes de los ciclones.

Están plantados entre la yuca y el maíz pues le aportan nitrógeno al suelo y abonos verdes.

Lo que parecía una locura al inicio ha dejado muy buenos resultados.

Resulta que Pimentel estudió hasta el décimo grado y siempre ha tenido deseos de saber más, por eso se acercaba a la Facultad de montaña de San Andrés a preguntar asuntos relacionados con los cultivos.

Así coincidió con un grupo de investigadores del Instituto Nacional de Ciencias Agrícolas (INCA) quienes le dijeron que buscaban un grupo de campesinos para participar en una feria de arroz, y él aceptó.

Se enrolaba de esta manera en un grupo de acciones que forman parte del Programa Mesoamericano de Fitomejoramiento Participativo, que cuenta con financiamiento internacional y que abarca a la vez a Cuba, Costa Rica, Guatemala, México, Nicaragua y Honduras, cuyo objetivo es proporcionar conocimientos a agricultores  que son frecuentemente perjudicados por fenómenos climáticos y que no cuentan con grandes recursos para comprar abonos y otros medios.

El fitomejoramiento participativo provee de más semillas y alimentos a partir de material genético mejorado, resistente a plagas y enfermedades y con alta productividad.

 

LA CURIOSIDAD LO LLEVÓ A LA CIENCIA

A partir de esa feria- después del 2000-  en la que vio decenas de variedades de arroz, contactó con el master en ciencias agrícolas Manuel Ponce Brito, investigador del INCA y le manifestó su interés de sembrar cultivos destinados a pienso para sus animales.

Ponce lo visitó y le llevó 25 variedades de frijol, decenas de maíz y de otras. Surgieron después los primeros piensos con cultivos de la finca, frijol Caupí, sorgo, yuca, maíz, boniato y desechos de cáscara de arroz, a los que se le añaden cascarones de huevo y huesos de animales y subproductos de pescado molido que se aplicaron en un experimento con sus cerdos para comprobar cuánto aumentaban con y sin pienso.

Los primeros engordaban diariamente libra y tres cuartos y los segundos, 280 gramos.

Estas y otras habilidades las aprendieron en diversos cursos nutricionales organizados en la CPA José Martí, de tabaco y cultivos varios que se ha insertado también en este programa de extensión del conocimiento.

El primero de estos cursos sólo tuvo a nueve campesinos y ya anda por 19.

“Antes criabamos en la casa sólo lo que nos comíamos, ahora aumentó la producción. Tengo 25 cerdos y aporto tres toneladas de carne al año”.

 

DE LA “LOCURA” A LA REALIDAD

Pimentel recuerda sus inicios en el proyecto: “Cuando otros campesinos vieron aquellos cuadritos chiquiticos dentro de las parcelas, decían, pero estás loco, qué vas a sembrar ahí. Le apodaron el loco, pero poco a poco se sumaron y ahora son 72. Ya no me dicen el loco, ahora soy Agustín”, relata un poco en broma y un poco en serio.

Ha pasado a ser coordinador jefe de un grupo y organiza cursos y seminarios de todo tipo. Después que él aprende las nuevas técnicas, las transmite a los demás, incluso, hasta cómo hacer un injerto.

Es tanto el embullo de esta familia que en ella sólo se habla de nuevas técnicas y de biotecnología.

“Esa malanga que usted ve ahí vino en pequeñas probetas del INCA, las primeras plántulas. Este cultivo se enferma mucho con un hongo; pero ya no, tiene material genético resistente a él”.

Esta familia se autoabastece y aporta a otros. El propio Pimentel fabrica unas maquinistas para moler tomate y una tapadora. Tiene almacenado el que no consumirá su familia en un año.

 

EL MINILABORATORIO DE BIOTECNOLOGÍA

Hay un sueño que no han podido realizar, y que también comparte su hijo Roiber, estudiante de tercer año de la Facultad de Montaña. Se trata del minilaboratorio de biotecnología para el cual les suministraron del INCA azulejos, cristales para las ventanas y un fregadero; pero el pequeño cuarto de mampostería no lo han podido terminar, y es una lástima porque a partir de él pueden multiplicarse las siembras de malanga resistente al hongo y con una alta productividad. De una mata de malanga sacaron en una oportunidad 34 bolas.

María Valido Valido, la esposa del campesino, no se queda atrás, y aunque no terminó la enseñanza primaria no lo parece al hablar de manera fluida y desenvuelta.

Cuando se lo comentamos, ella sonríe y afirma:

“Yo también participo en el proyecto y he concluido numerosos cursos relacionados con la cocina y la conservación de los alimentos. Atiendo un grupo de género integrado por varias campesinas que vienen aquí a recibir debajo de esa mata los seminarios que yo paso en La Habana.

“Nací y me crié dentro de estos mogotes. Me gustan los cultivos, atender los animales. Trabajo en una huerta que tenemos dentro de las cuatro hectáreas, ayudo a mi esposo, atiendo a los animales. Nunca se me ocurrió que podría visitar por el proyecto otro país sin embargo, el pasado año estuve en Nicaragua enseñando lo que he aprendido.

“Mi esposo estuvo en Costa Rica y Colombia en una exposición de cultivos en las universidades. Vivimos para la tierra y ella nos lo ha dado todo”.

Nadie lo diría pero antes, en este pedazo de tierra no se daba nada, dice el hijo. Poco a poco con las técnicas de abono verde, las curvas a nivel y el compost mejoraron los suelos.

El aprendizaje de técnicas sencillas les ha facilitado que ya no tengan que mirar al cielo a la espera de que algo les caiga; lo tienen a mano.

Foto: La casita de Agustín y María

 

 

       

 

 

 

 

  

 

 

 

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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