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Bahía Honda. A casi dos horas de camino

Bahía Honda. A casi dos horas de camino

 

Hacia Bahía Honda, pueblo en la costa norte de Pinar del Río, a 70 kilómetros al oeste de La Habana, partimos a las 5.30 de la madrugada en medio de un frío de todos los infiernos que sin temperaturas récord ni mucho menos, se cuela debajo de los abrigos y cala los huesos.

 

Por la autopista, el auto estatal en el que viajamos buscó Bahía Honda, a escasos kilómetros del mar,  por la ruta de San Cristóbal, no por Viñales, como ocurrió al regreso, en medio de la llovizna y las bromas por el frío que sentíamos en orejas y manos.

 

La carretera de montaña a Bahía Honda es empinada y abrupta. Alguien comenta: “y pensar que Antonio Maceo  paseó a caballo las montañas pinareñas”.

 

Estas lomas besadas por el verde no serán nada en comparación con las de Venezuela y Bolivia, para nosotros son altas y peligrosas, como toda relatividad ajustada a cada cristal.

 

Una mujer en medio de una curva pide botella. “Qué valor tiene en medio de estas lomas, y sola”, comenta una de las compañeras de viaje. Otro de los pasajeros acota: las lugareñas no le temen ni a los muertos, pero además, este es un sitio bastante tranquilo.

 

Y el auto sube la empinada vía. Solo el monte allá abajo nos acompaña. El frente frío llegó con nosotros.

La frialdad exterior no pudo con el calor y la bondad de la gente.

 

Reencontramos rostros de campesinos que hemos conocido en otros avatares periodísticos, bien abrigados, vestidos a la moda, de fiesta para la ocasión: un debate entre jóvenes que hablaron de cómo mejorar el trabajo para la zafra azucarera que se avecina en el Central Harlem, para lo cual se crean brigadas juveniles que se encargarán de engrasar los hierros, de trabajar en los campos y de apagar los fuegos que surjan con el guarapo y el melao.

 

De lo humano y lo divino hablaron e hicieron una radiografía del lugar en el que viven y trabajan, de lo que tienen y lo que les falta, de cómo la naturaleza se ensañó con la zona y les perjudicó el 70 por ciento de las viviendas, pero la gente trabaja, se levanta, resiste.

Bahía Honda, aún municipio pinareño, tiene 45 546 habitantes, y en su identidad cultural la raíz africana ha dejado una profunda huella que se manifiesta en lo popular y lo folclórico y hasta en el modo de bailar de los jóvenes después del encuentro, a tal punto que ni el frío impidió el sudor sobre los cuerpos ni el golpe de cintura y caderas con la música grabada de la Charanga Habanera.

 

“Aquellas muchachas de allí son de Orozco, fíjate que bailan mejor que todo el mundo”, comentó alguien en el grupo.

Y era cierto. Toda la sangre del África apareció en la improvisada rueda de bailadores. Es la herencia genética y cultural la que hablaba desde los gestos.

 

Siguen vivas en Bahía Honda las fiestas bembé, con sus cantos y sus toques. Grupos folclóricos que actúan en el batey azucarero cuando la zafra entra en apogeo se encargan de mantener esa historia cultural traída por los negros esclavos capturados como animales  por los españoles en Nigeria y Benin y quienes trabajaron en las plantaciones de caña del territorio.

 

La cultura lucumí anda por allí mezclada con lo hispano haciendo sonar los tambores Illá, Orbat y Erum o un aggogo surgido de una guataca y un clavo de línea. Vaya manera sabrosa de sonar.  

 

Fue en 1 509 cuando Sebasatián de Ocampo bautizó la bahía de bolsa con el nombre que tiene hoy, y por donde el frente frío que penetró en tierra el sábado hizo pensar a más de uno en no pernoctar en la Sïguaraya; dicen que uno de los sitios  más fríos del municipio.

Batalla de Cacarajícara, Tapia y Rubí son algunos de los nombres de los encarnizados combates que libró en el territorio la tropa de Antonio Maceo contra el Ejército Español.

 

Más del 60 por ciento de la población fue exterminada cuando la reconcentración de Weyler.

Los nacidos en Bahía Honda estudian en sus aulas toda esa historia, mezcla de bembé, mar, conquistas y dolores.

Solo del trabajo manual saldrán los recursos que permiten hacer crecer el arte, que canaliza la energía del espíritu.

 

El 15 de noviembre del pasado año abrió sus puertas una nueva casa promotora cultural, en homenaje a los ya fallecidos Antolín Reyes Mayor y Regla Domínguez, una pareja de lugareños fundadores de la Sociedad Espeleológica Cubana.

Antolín fue un permanente colaborador de Antonio Núñez Jiménez en la década de 1940.

 

Cuentan que la inauguración de la institución terminó con un guateque campesino, pues en aquellos lares hay para escoger entre los matices culturales, como un gran río que desemboca en el mar cercano llevando en él bembé y punto guajiro.

 

 

Foto: Las instituciones culturales mantienen viva la raíz africana en un pueblo que emplea la alegría para liberar su espíritu. Foto: Miguel Rosán.

 

 

 

      

 

 

 

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2 comentarios

Zenia -

Gracis. Veré con más tiempo de qué se trata. Leí que en ese sitio hay un blog de un cubano que vive y estudia en la isla.
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Blogotepeque -

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