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PRIMERA CAMPAÑA DE ALFABETIZACIÒN EN AMÉRICA LATINA

PRIMERA CAMPAÑA DE ALFABETIZACIÒN EN AMÉRICA LATINA

El 22 de diciembre de 1961 Cuba se convirtiò en el primer paìs de América Latina en concluir una campaña de alfabetizaciòn: era un vuelco en la historia de 500 años atràs. A los iletrados llegaban las letras. Jóvenes alfabetizadores y campesinos de toda la isla hicieron vida comùn en lo que fue toda una epopeya en aras de la cultura.

Eusebio Leal Espengler´, historiador de Ciudad de La Habana, escribiò este testimonio hace varios años: 

Al concluir la campaña, el país era otro, 
más fuerte y más grande

Por Eusebio Leal Spengler

LA LECTURA es una de las más importantes formas en que el ser humano puede emplear su tiempo libre. El aprecio del libro como objeto y como fuente de sabiduría ha de inculcarse al hombre para que lo asuma como un bien superior y, aunque la cultura es algo latente en cuanto nos rodea, no cabe la menor duda de que se adquiere esencialmente a través de los libros. Fue el filósofo español José Ortega y Gasset el que explicó una vez que ella era lo que queda en nuestra memoria cuando se ha olvidado lo que se aprendió en los libros.
Hay un instante en que, dejada volar la imaginación, cesamos de escuchar nuestra propia voz y es como si nos hablase otra persona; la palabra del autor o de un narrador desconocido musitan a nuestro oído los pasajes de un relato, y nos hacen ver con los ojos incomparables de la fantasía, sitios y lugares insospechados, escenas desgarradoras de una batalla, emociones de un viaje a través del universo o el calor incomparable de un beso de amor.

Hay otra fuente que no ha de ser ignorada: la de la tradición oral, la palabra viva que se transmite de generación en generación, continuamente enriquecida por la experiencia del vivir, que aporta lecciones positivas o no, que permite al ser humano hacer de la acción cognoscitiva, sabiduría acumulada.
En nuestro país no hace muchos años, más de un millón de personas eran analfabetas, hallábanse en las ciudades y en los campos, donde era más cruel el olvido por parte de las instituciones del Estado. Eran numerosas las regiones e incontables los poblados donde no hubo jamás escuelas, ni siquiera un maestro.
Nuestras brigadas fueron organizadas íntegramente con trabajadores, se preparó un curso mínimo para aprender el uso correcto de la cartilla y del manual, hicimos módulos que contenían laminarios, pizarras, fotos y todo aquello que la originalidad y el ingenio pudo promover y crear para seducir a los alumnos, que eran en su inmensa mayoría adultos y en muchos casos ancianos.

Como la obra debía ser integral, el gobierno de la ciudad de La Habana tomó medidas para solucionar inmediatamente situaciones críticas en cuanto al alumbrado, extensión del abasto de agua, pavimentación, etc. De tal forma que en aquellas barriadas las gentes se percataran de que la Revolución tomaba la ofensiva.
A la caída de la tarde y apenas terminada la jornada laboral, salían los ómnibus con los maestros, y atravesábamos en una u otra dirección las grandes regiones habaneras. Un gran jolgorio de niños nos esperaba, la población hacía ostensible su adhesión, colocando carteles, guirnaldas y consignas que se situaron en lugares convenientes.
A las puertas de los hogares estaban clavadas las pequeñas divisas impresas en metal: "Fidel, esta es tu casa", transformándose el Comandante, en este caso como en tantos otros, en maestro y en médico, en trabajador y visitador social; al igual que en los constructores que se afanaban en cumplir tesoneramente el compromiso de edificar paraderos de ómnibus, aceras, y nuevas escuelas, que solo en el primer año, posterior al triunfo revolucionario, superaron en la capital a todos los construidos en más de medio siglo de República.

Símbolo de ese afán creador y de la entrega a la obra de crear escuelas lo fue el arquitecto Cesáreo Fernández, que no sobrevivió a las inacabables jornadas de trabajo que le impuso su entusiasmo.
El periódico El Avanzadito, pequeña octavilla que circulaba de mano en mano, fue el portavoz de todas las inquietudes, noticias, mensajes y orientaciones; conservando en mi álbum de recuerdos algún ejemplar.
La campaña de alfabetización rompió esa tradición fatal: profesores -adolescentes y adultos- enseñaron a leer y a escribir a personas de todas las edades; y algo más profundo y de mayor significado, marcharon desde las ciudades a los campos, a las montañas y a los rincones más apartados; los cubanos nos reconocimos tal y cual éramos verdaderamente. Jóvenes acostumbrados a la vida urbana, vieron por vez primera, en toda su extraña belleza, la madrugada con su imperceptible rocío, la alborada, el canto de los gallos; se asombraron de ver a qué hora se levantaban los campesinos para enfrentar las labores de la tierra; vieron la lluvia torrencial y el arco iris; supieron de los sueños y preocupaciones del guajiro que les acompañó en el guateque; y conocieron a sus amigos más próximos, entre ellos a esos bueyes mansos y generosos a los cuales, en justicia, habría que levantarles un monumento en cualquier país en que se viva de los frutos de la agricultura.

Los que enseñamos una vez a leer a otros no podemos borrar de nuestra memoria los trabajos de aquellas manos inhábiles para guiar el lápiz, la vez en que la nuestra aprisionó aquella otra, rugosa y herida, para los primeros ensayos de escribir entre líneas, y la expresión iluminada de alegría en los ojos de los discípulos cuando, letra a letra, pudieron leer una palabra, un nombre; a veces el más amado.
La alfabetización como la gran Guerra de independencia, o la de Liberación Nacional, contribuyó definitivamente a la unidad de la nación y al concluir la campaña, el país era otro, más fuerte y grande.
Asomados a ese balcón -pues no es otra cosa la experiencia de la vida-, puedo afirmar ¡Qué bellísimo instante aquel!, en que regresando a sus hogares decenas de miles alfabetizadores con sus lámparas y sus manuales eran portadores de la gratitud de todos aquellos que les habían recibido como hijos y hermanos.

Tomo mis fotos de entonces, cuando existían en la periferia de La Habana los barrios marginales de Las Yaguas, La Timba, La Pelusa, La Cueva del Humo o aquellas modestísimas urbnizaciones de El Diezmero, Barrio Azul, El Globo, donde llegaron las brigadas obreras del Gobierno Municipal Revolucionario de La Habana. Valoro aquella siembra de esperanzas, sobre todo cuando hace unos pocos días miraba en medio de una guardarraya de palmas, volver a un puñado de niños desde su recóndita escuela rural, o arremolinados en la calle de madera, otros pequeños, saltar y bailar entre piedras y recuerdos.
Dejemos en las tumbas nunca olvidadas de Conrado Benítez y Manuel Ascunce un ramo de rosas encendidas; su sacrificio no fue en vano.

(Publicado 2/6/1990)

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