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Los maestros de la nación

Los maestros de la nación

No exageramos al afirmar que una buena parte de la nación cubana ha estado hecha por maestros de todos los tiempos, incluido aquel culto patricio que renunció a tener hombres como esclavos y que batió campanas en el ingenio La Demajagua.

Supo Carlos Manuel de Céspedes anteponer los intereses patrios a su ego individual. Ejercía como maestro en la escuelita de San Lorenzo, en la Sierra Maestra, cuando soldados españoles le sorprendieron casi solo, allá en el corazón de la montaña.

 

Tiene que ser elevada el alma de un hombre para renunciar a vestidos, tierras y posesiones en aras de principios e ideales.

En el camino desandado por la Revolución Cubana, desde sus días de la manigua, excelsos maestros dejaron su impronta: José de la Luz y Caballero, Félix Varela, Rafael María de Mendive (Maestro de maestro), Frank País.

Otros no lo hicieron en el pizarrón, convirtieron su conducta en la pedagogía del ejemplo, sin dudas, la más efectiva y se opusieron a que el dinero signara la condición de los hombres, a que el color de la piel mediara los caminos de la autoestima.

 

Tanta historia de enseñanza no agotada yace en los caminos de la nación; pero fue,  sin lugar a dudas, el 22 de diciembre de 1961 la segunda muralla franqueada, después del triunfo de enero del 59, que abrió las puertas a las masas otrora analfabetas y que iluminó los caminos de eso que llamamos pueblo.

Obra imperfecta la Revolución, que debe construirse y mejorarse todos los días, pero sin negaciones, porque no hay buen parto sin dolor ni desgarramientos.

 

Siguen siendo hoy los maestros, los buenos maestros, esa forja de inteligencia necesaria para crear esos valores que a veces se añoran cuando se camina una calle y falta la buena convivencia ciudadana en una nación, que contradictoriamente tiene altos índices de instrucción.

Sobre los hombros de los maestros de experiencia recae el gran peso de formar a los que comienzan en el camino de la pedagogía y aún no han comprendido en toda su dimensión lo que significa la mirada de un niño sobre ellos, en edades en que se escucha más la palabra del educador que la de los padres.

 

Esa persona que se para frente al grupo y abre latitudes extraordinarias; encabeza grandes batallas o hace desfilar personajes divinos de todos los tiempos; esa persona tiene un encanto especial, el que no poseen esos a quienes los niños ven diariamente en casa.

A esas edades se les escucha afirmar: tú no sabes, la maestra es la que sabe.

¡Cuántos tesoros para la vida puede descubrir un buen maestro¡.Una encuesta a jóvenes delincuentes realizada hace varios años, antes de ponerse en práctica los primeros programas de la Revolución, dio por resultado que ninguno de ellos recordaba el nombre de uno solo de sus maestros.

 

Deja huellas la presencia o la ausencia de quienes enseñan, no sólo números y letras, sino quienes también abren ventanas al comportamiento humano civilizado, léase respeto y consideración.

La buena ortografía en la adultez se agradece a los maestros primarios con sus árboles del saber, sus elogios ante el acierto y las tareas de búsqueda en la biblioteca.

 

Y cuando llega la adolescencia, de los buenos profesores depende que se abran las primeras buenas lecturas, el ansia de descubrir tras los experimentos, la interrogante permanente en aras del discernimiento propio.

Son tensos los tiempos para quienes enseñan hoy. Lo mejor de la sociedad debe descubrirse en las aulas, alternativa contra asimetrías y brechas; refugio ante tempestades, tibio lugar para calentar el alma.

 

Podría pensarse en paradigmas de la profesión de enseñar, los hay en abundancia. Uno de ellos fue el también poeta Raúl Ferrer, autor de Romance de la niña mala,  nacido en Yaguajay en 1915 y quien convirtió en leyendas sus lecciones con los pies descalzos ante un aula de niños pobres.

Entre sus tantos aportes estuvo el de asesorar la campaña de alfabetización llevada a cabo en Nicaragua durante el primer gobierno sandinista.

En las aulas se sienta el futuro. En esos escasos vocablos gravitan certeras verdades en las que es conveniente meditar.

 

 

 

  

 

 

 

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