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SÍSIFO Y LA HORMIGA

SÍSIFO Y LA HORMIGA

En algún lugar leímos una convocatoria para abordar un tema relacionado con el patrimonio inmaterial.

Nos llamó la atención por lo poco usual. A nuestro alrededor no pasan cinco minutos sin que no se haga referencia a algún objeto o necesidad material. Recordábamos al poeta Roberto Manzano quien ha definido esta esclavitud humana con versos para colgar en cualquier puerta:

 ….”dependemos de los artesanos que se especializan, de las industrias que se especializan, de los países que se especializan;/toda nuestra libertad radica en el aceite, la sal, la tinta, el petróleo, el papel, el fósforo, el antibiótico;/toda nuestra existencia pasa como un hilo por el que trae el ajo, el distribuidor hidráulico, el mecánico de las imágenes y los dientes;/oh Edison, cómo es posible? hacia dónde vamos a ir si ya necesitamos de este modo? Hacia dónde, si somos tantos, y demandamos tanto?;/ …

Sin querer o queriendo, nos parece que lo primero, Manzano se siente también como hormiga debajo de semejante carga.

Buscar oxígeno bajo la gran piedra de Sísifo es uno de los más comunes actos de los mortales de estos tiempos: terremotos, guerras, pandemias, estrés así lo motivan.

Profundas esencias han de viajar en el interior humano como fortalezas contra la esclavitud material y han de cultivarse los más hermosos puentes ya descubiertos por la humanidad en su camino: la familia es uno de ellos.

La mirada limpia de alguien que es hoy un tronco caído y ayer fue  bastón de nuestra infancia deja un bien inmaterial para el cual aún la metrología no ha encontrado medidores.

De ninguna maleta lastrada por el postmodernismo aparece el caleidoscopio que nos mostrará el interior de quien se detiene en plena calle para darte una buena noticia a sabiendas de que la necesitas; o de alguien que a pesar de tener dinero en el bolsillo no lo esgrime como  bandera de su ego; o quien se brinda, no solo de palabras, también de hechos, para ayudarte ante una contingencia.

Hay claves invisibles, que unen a los humanos más allá de toda grieta: mi gente, dicen algunos para definir no a los socios de bar, sino a esos que aparecen sin nombrarlos y que la vida los coloca ante ti cuando caminas por lo que sientes como un túnel, y te abraza una tibia sensación.

Y no hablamos de seres singulares, que los hay, apegados a comportamientos de sacerdocio espiritual; sino de quienes cultivan su sencillez con naturalidad y creen que la dignidad y la palabra empeñada son divisas en cualquier vendaval, pese a costuras en la horma de sus zapatos.

Pensar más en lo que se tiene que en aquello que falta es sugerencia de más de un pensador, no por conformismo atrofiante, sino por el propio bienestar personal.

Las falsas expectativas ante la vida conducen a caminos torcidos y resultan insaciables entes demandantes que pueden amputar lo mejor de un ser humano.

Hay que defender el espacio necesario para la bondad, más allá de toda etiqueta comercial y de la fuerte competencia con especímenes de jungla, seguidores del vale todo, capaz de vaciar las mentes y las almas, aunque los estómagos estén saciados.

Es cierto que el tener no es signo de maldad y que el no tener no lo es de virtud, como ha dicho Silvio en uno de sus poemas canciones; pero el valor de lo inmaterial debe ser defendido por la tranquilidad que aporta, no solo al sueño nocturno, sino en aras de  la seguridad de la propia integridad humana que ello significa.

Volver la espalda con tranquilidad, cerrar los ojos sin esperar una flecha de quien está más cerca, eso es lo que deseamos de nuestra gente; por suerte queda mucha así, y sale a la luz en los sitios más dolorosos, en los hospitales, donde las asistentas atienden a los más desvalidos y la pregunta que muchos se hacen entonces es ¿si la medicina fuera privada con qué la pagaría?

¿Qué lugar habría entonces bajo el sol para los limitados, los ancianos, los desvalidos y aquellos que ya no son competentes por la longevidad, pero que lo fueron en otra época?.

Albert Camus: El mito de Sísifo

 

 

 

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