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EL PADRE DEL MINISTRO

 

Esta crónica que coloco la escribió Abel Prieto Morales, el padre del ministro de Cultura de Cuba. Ambos se llaman igual y nacieron en Pinar del Río. El progenitor era un pedagogo de este terruño.

Este escrito suyo se publicó en el primer número de la revista Pinar del Río, del siete de noviembre de 1947. Toda una reliquia histórica, pues en ella aparece el retrato de aquella época.

Entre los cantantes callejeros de aquella Cuba estuvo el bárbaro del ritmo, Benny Moré, una gloria de la cultura cubana nacido en Santa Isabel de las Lajas, provincia de Cienfuegos.  A él dedicaré en otro momento un espacio, bien que lo merece.

Aquí tienen la prosa del padre del ministro.

 

Cantantes callejeros

Por Abel Prieto Morales

 

En el cantante callejero se unen e1 tosco ingenio que le prodigó la naturaleza y la vulgaridad inevitable que como sello característico le imprime el medio. Dos elementos indispensa­ble en el perfilamiento de ese típico habitante de nuestra ciudad.
Su aspiración suprema no es cantar a un amor imposible, ni encarecer armónicamente las obras de la natura­leza. Irremediablemente su canto encuentra inspiración en era vacuidad estomacal que arrastra a los hombres a las más grandes proezas.
Cuando en una esquina populosa o en un café concurrido tañe quejosa­mente una guitarra, se esta vendien­do una pena, y cuando pretende vi­brar de alegría inusitada, se está ven­diendo una mueca. La verdadera sonrisa asoma cuando el brillo platea­do de la moneda: deslumbra desde el fondo del sombrero. De este modo re­sulta siempre una sonrisa metálica, aunque el cantante no tenga piezas de oro en la dentadura.

Hay dos tipos principales de can­tantes callejeros: el que nace en el bohío y el que surge de los arrabales inhóspitos o del pintoresco solar.

El primero es siempre un campesino díscolo, un pobre bohemio que abandona el batey paterno porque cree en­contrar mejor futuro en la guitarra, que en la servil guataca, y macho más espíritu en el punto guajiro, que en ese inerte surco de la tierra. Desde temprano ha comenzado a enseñar las uñas, como lo demuestran sus fobias, por las duras "fainas" campestres, y un buen día, ata sus trapos y se mar­cha a buscar ambiente más propicio, plantando tienda aparte en ese barrio de miserias y comunes infortunios: La Gía.
Es ahí donde comienza su vida de artista callejero, una vida de triste­zas, de molestos vaivenes, de ayunos forzosos, de payaso sin aspiraciones, que logra reducir su existencia a la tarea poco edificante de cambiar décimas maltrechas por centavos, y cuando así rima vacío con "comío" hay en su rostro tanta natural com­placencia que confundiría al más sa­piente de los filó1ogos. A este gru­po pertenecen Martín Urra, el Rubio del Vedado, el Sinsonte Pinareño y otros tantos maestros del canto crio­llo, que por un tiempo abandonaron los rincones acogedores de nuestros opacos cafés, para buscar en el radio local las glorias de un "Clavelito" y un Portabales.
Los que han vuelto de nuevo a las calles continúan martillando con sus dedos inquietos las cuerdas de sus cubanas guitarras, y a manera de due­los verbales mastican versos hirientes que arrancan aplausos a la multitud entusiasta.
El segundo grupo, producto genuino de la ciudad, constituye un personaje, si no con más ingenio que el an­terior, si con más variedad y real ac­tualidad en su programa ambulante. Su extenso repertorio va de la “Pun­tillita" a la guaracha grosera, y de esta a la canción del más inspirado y emotivo de los compositores. A veces se hacen acompañar por marimbas, maracas y claves, y en los días de Na­vidad y Reyes despiertan al vecinda­rio con su escándalo intencionado.
"Goyo Colinó" es un representante típico de esta clase de cantantes. Se ha hecho popular por el original pro­cedimiento de sustituir económicamen­te sus probables compañeros con ins­trumentos adaptados a su cuerpo. Una combinación de hierros retorcidos atan una filarmónica a las proximidades de sus labios, unas cuerdas su­jetan las maracas a la muñeca y con sus dedos libres hace uso de la gui­tarra. Cierta vez llego a tocar seis instrumentos a un mismo tiempo, pe­ro el agotamiento físico que esto re­presentaba (cargar los armatostes de un lado a otro), lo hicieron desistir de su propósito.
Estos cantantes renuevan constan­temente su repertorio, y hoy están con "Silverio Pérez" y mañana con “Farolito". Bien saben lo impopular y monótono que resulta una melodía desgastada por el uso.
Cantantes callejeros son también esos jóvenes noctámbulos que a altas horas de la noche atacan el silencio con desparpajo inexplicable. Son sempiternos soñadores, aprendices incan­sables que no tienen valor para cantar por la radio y nos obligan a escuchar­los desde la cama, haciendo de la ca­lle un amplio anfiteatro y de sus ve­cinos un infeliz      público soñoliento. Son las desventajas manifiestas de una democracia mal entendida.
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