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LAS BEGONIAS DE MI MADRE

LAS BEGONIAS DE MI MADRE

Los ojos color mar de mi madre se iluminan cada mañana cuando va a nuestro pequeño balcón y riega sus begonias.

Nunca, desde que la transplanté de San Juan y Martínez, de su jardín con rosas de varios colores,  para un edificio de microbrigadas, ha podido vivir sin alguna planta cerca de ella.

Una tarde le llevé unas yemas de begonia que sus manos tibias, sembraron en varias macetas.

 En cada primavera las pequeñas plantas se llenan de flores y le dan a ella un poco de alegría.

 Son bálsamo contra su reuma y encienden lumbre sobre su figura mordida por los años.

Jamás podré compensar los desvelos de ella por tener una hija que no heredó sus resignados genes, sino que trae una antigua rebeldía venida desde  la abuela- junto con el optimismo- y que a veces desata su lengua y le nacen las palabras con el empuje y la pasión del fuego.

¿Qué le regalo a esta gran mujer hecha al calor del fogón y los frijoles sazonados como no he probado otros?. No hay dinero que le ponga medidas a su estatura.

Más allá del sencillo presente que le haré, he pensado escribirle unas confesiones, algo así como un Mea Culpa, contándole cuánto recuerdo sus viajes a la beca, en camiones, mientras sus riñones saltaban por los caminos y carreteras de Sandino.

Hasta allá llegaba con su comida tibia y sus preguntas ingenuas, a las que yo respondía con mitad verdades y mitad mentiras, en aquel décimo grado –mi primer año en una beca- en el que extrañaba la casa a rabiar; pero que me enseñó a lavar por vez primera mi ropa, a guardar secretos y confesiones de otros y a no traicionar a quien tenía al lado.

Madre, ¿qué haré cuando ya no habites nuestro balcón con begonias ni escuche tus regaños? ; pero no seré egoísta, lo mejor de mis días es que me acompañas; debo aprender a disfrutarlo.  

 

 

 

 

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