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; ABORTO Y MANIPULACIÓN POLÍTICA EN E.U
Por Eduardo Stanley
; La Insignia . Estados Unidos, diciembre del 2004
; PALABRAS CLAVE: DERECHOS DE LA MUJER, IGLESIA CATÓLICA, FANATISMO RELIGIOSO, PAÍSES SUBDESARROLLADOS, RUMANÍA
El aborto es una operación quirúrgica destinada a interrumpir un embarazo. Cuando se realiza en condiciones médicas normales no se considera de alto riesgo, y hay pocas posibilidades de que surjan complicaciones postoperatorias. Sin embargo, esas "condiciones médicas normales" existen solamente en unos pocos países; en muchos más, el aborto es ilegal.
El porcentaje de mortandad debida a abortos insalubres o ilegales es del 54 por ciento en Etiopía, 35 por ciento en Argentina, 36 por ciento en Chile, etc.; según la organización Chilbirth by Choice Trust, de Canadá, cada año fallecen alrededor de 200.000 mujeres por dicha razón en todo el mundo. Además, varios miles sufren graves problemas postoperatorios como infertilidad permanente, perforación de los intestinos, afección de los riñones y otras dolencias.
¿Y por qué tanto debate sobre una simple operación quirúrgica? Cuando un gobierno decide legalizarla, sus consideraciones son de índole terapéutico. Sin embargo, quienes se oponen al aborto en determinados países han logrado, después de años de intensa propaganda y agitación, crear un ambiente contrario a éste a partir de argumentos supuestamente morales, no médicos.
La práctica del aborto es milenaria. Ya se practicaba en las sociedades antiguas mediante el uso de hierbas y objetos punzantes (primitivos bisturíes), como demuestran muchos textos médicos del Egipto farónico y de China. De hecho, hasta la Iglesia católica, la organización militante más activa en el movimiento contra el aborto, lo aceptó con limitaciones hasta mediados del siglo XIX. En 1869, el Papa Pío IX lo prohibió totalmente, y por razones políticas: la Iglesia estaba perdiendo poder y los índices de natalidad en países fervientemente católicos, como Italia, también bajaban. Además, intentaba controlar el naciente movimiento de mujeres que empezaba a reclamar sus derechos. Desde entonces, el fervor religioso -o fanatismo- fue el motor que impulsó el movimiento contra el aborto.
La Iglesia católica, el primer Estado transnacional de la historia, utiliza argumentos supuestamente morales para hacer política y disfraza así sus intenciones. El caso más típico es La Santa Inquisición (siglos XIII-XIX), tribunal encargado de investigar y juzgar casos de "herejías" que en realidad fue una manera de sembrar el terror para controlar a la población y eliminar opositores.
Un argumento moral es asimilado más fácilmente por la población, entre otras cosas porque establece una valoración ("bueno" o "malo") y un castigo o condena, eliminando todo razonamiento. Ésta es la base de la manipulación política.
En Estados Unidos, el aborto es legal desde 1973. Las organizaciones religiosas nunca han dejado de luchar contra esta decisión y han llegado a casos extremos de fanatismo con ataques a clínicas, agresiones físicas a empleados de las mismas e incluso asesinato. El convencimiento de participar de una "cruzada" le ha dado a este movimiento una fuerza política poco usual. Y cada tanto se agregan otras causas igualmente "cristianas", como la oposición al matrimonio de homosexuales.
El argumento más usado es que el aborto consiste en eliminar una vida; es decir, sería un crimen y "un pecado". Pero el concepto de vida ha ido cambiando con el tiempo; por ejemplo, antes de 1869 la propia Iglesia católica decía que la vida empezaba semanas después del embarazo. Hoy, dice lo contrario.
Si este movimiento defiende tan fanáticamente la vida, ¿por qué no reacciona ante la muerte de las mujeres que practican abortos sin atención médica adecuada? ¿O ante realidades sociales inexcusables, como la de Rumanía (único país del "socialismo real" que prohibió el aborto y el control de la natalidad, durante la dictadura de Nicolae Ceaucescu). Al ser derrocado, investigadores sociales europeos determinaron que al menos 10.000 mujeres habían muerto por abortos insalubres y que unos 200.000 niños habían sido abandonados.
A principio de los 90, la prensa hegemónica estadounidense realizó numerosos reportajes sobre los horfanatos rumanos, presentándolos como parte de "la barbarie comunista" y ocultando que en realidad estaban relacionados a la prohibición del aborto y los anticonceptivos. Cuando el nuevo gobierno rumano derogó las leyes represivas en 1989, la mortalidad entre mujeres disminuyó en un 317 por ciento.
Para la derecha cristiana, la lucha contra el aborto forma parte de una cruzada en favor de valores morales que cautivan fácilmente a determinadas audiencias. Afirmar que "el aborto es una forma de terrorismo", según un cartel escrito en una iglesia de California, desnuda la intencionalidad política de su campaña. Estas organizaciones pidieron votar por candidatos que están contra el aborto, es decir, candidatos de derecha naturalmente asociados al Partido Republicano.
La campaña se utiliza para distraer la atención de temas cruciales como el aumento de la actividad y presupuestos de guerra mientras cada vez hay más gente que carece de seguro de salud o lo pierde, además de la inmoral matanza de inocentes en guerras de rapiña, justificadas con la ayuda de la explotación del patriotismo, o el aumento de la pobreza en Estados Unidos.
La manipulación moral de temas políticos y la agitación del fanatismo religioso han dado excelentes resultados a la derecha en Estados Unidos. Los llamados "liberales" no saben cómo neutralizar esta tendencia. Tienen miedo de desafiar tabúes y por eso carecen de definiciones políticas precisas. En realidad, deberían sentirse orgullosos de ser auténticos pro-vida: mantener el aborto legal es salvar la vida de miles de mujeres y evitarles graves consecuencias postoperatorias, además de defender el derecho de las mujeres a decidir por ellas mismas. Los fanáticos del terror no pueden decir lo mismo.
Por Eduardo Stanley
; La Insignia . Estados Unidos, diciembre del 2004
; PALABRAS CLAVE: DERECHOS DE LA MUJER, IGLESIA CATÓLICA, FANATISMO RELIGIOSO, PAÍSES SUBDESARROLLADOS, RUMANÍA
El aborto es una operación quirúrgica destinada a interrumpir un embarazo. Cuando se realiza en condiciones médicas normales no se considera de alto riesgo, y hay pocas posibilidades de que surjan complicaciones postoperatorias. Sin embargo, esas "condiciones médicas normales" existen solamente en unos pocos países; en muchos más, el aborto es ilegal.
El porcentaje de mortandad debida a abortos insalubres o ilegales es del 54 por ciento en Etiopía, 35 por ciento en Argentina, 36 por ciento en Chile, etc.; según la organización Chilbirth by Choice Trust, de Canadá, cada año fallecen alrededor de 200.000 mujeres por dicha razón en todo el mundo. Además, varios miles sufren graves problemas postoperatorios como infertilidad permanente, perforación de los intestinos, afección de los riñones y otras dolencias.
¿Y por qué tanto debate sobre una simple operación quirúrgica? Cuando un gobierno decide legalizarla, sus consideraciones son de índole terapéutico. Sin embargo, quienes se oponen al aborto en determinados países han logrado, después de años de intensa propaganda y agitación, crear un ambiente contrario a éste a partir de argumentos supuestamente morales, no médicos.
La práctica del aborto es milenaria. Ya se practicaba en las sociedades antiguas mediante el uso de hierbas y objetos punzantes (primitivos bisturíes), como demuestran muchos textos médicos del Egipto farónico y de China. De hecho, hasta la Iglesia católica, la organización militante más activa en el movimiento contra el aborto, lo aceptó con limitaciones hasta mediados del siglo XIX. En 1869, el Papa Pío IX lo prohibió totalmente, y por razones políticas: la Iglesia estaba perdiendo poder y los índices de natalidad en países fervientemente católicos, como Italia, también bajaban. Además, intentaba controlar el naciente movimiento de mujeres que empezaba a reclamar sus derechos. Desde entonces, el fervor religioso -o fanatismo- fue el motor que impulsó el movimiento contra el aborto.
La Iglesia católica, el primer Estado transnacional de la historia, utiliza argumentos supuestamente morales para hacer política y disfraza así sus intenciones. El caso más típico es La Santa Inquisición (siglos XIII-XIX), tribunal encargado de investigar y juzgar casos de "herejías" que en realidad fue una manera de sembrar el terror para controlar a la población y eliminar opositores.
Un argumento moral es asimilado más fácilmente por la población, entre otras cosas porque establece una valoración ("bueno" o "malo") y un castigo o condena, eliminando todo razonamiento. Ésta es la base de la manipulación política.
En Estados Unidos, el aborto es legal desde 1973. Las organizaciones religiosas nunca han dejado de luchar contra esta decisión y han llegado a casos extremos de fanatismo con ataques a clínicas, agresiones físicas a empleados de las mismas e incluso asesinato. El convencimiento de participar de una "cruzada" le ha dado a este movimiento una fuerza política poco usual. Y cada tanto se agregan otras causas igualmente "cristianas", como la oposición al matrimonio de homosexuales.
El argumento más usado es que el aborto consiste en eliminar una vida; es decir, sería un crimen y "un pecado". Pero el concepto de vida ha ido cambiando con el tiempo; por ejemplo, antes de 1869 la propia Iglesia católica decía que la vida empezaba semanas después del embarazo. Hoy, dice lo contrario.
Si este movimiento defiende tan fanáticamente la vida, ¿por qué no reacciona ante la muerte de las mujeres que practican abortos sin atención médica adecuada? ¿O ante realidades sociales inexcusables, como la de Rumanía (único país del "socialismo real" que prohibió el aborto y el control de la natalidad, durante la dictadura de Nicolae Ceaucescu). Al ser derrocado, investigadores sociales europeos determinaron que al menos 10.000 mujeres habían muerto por abortos insalubres y que unos 200.000 niños habían sido abandonados.
A principio de los 90, la prensa hegemónica estadounidense realizó numerosos reportajes sobre los horfanatos rumanos, presentándolos como parte de "la barbarie comunista" y ocultando que en realidad estaban relacionados a la prohibición del aborto y los anticonceptivos. Cuando el nuevo gobierno rumano derogó las leyes represivas en 1989, la mortalidad entre mujeres disminuyó en un 317 por ciento.
Para la derecha cristiana, la lucha contra el aborto forma parte de una cruzada en favor de valores morales que cautivan fácilmente a determinadas audiencias. Afirmar que "el aborto es una forma de terrorismo", según un cartel escrito en una iglesia de California, desnuda la intencionalidad política de su campaña. Estas organizaciones pidieron votar por candidatos que están contra el aborto, es decir, candidatos de derecha naturalmente asociados al Partido Republicano.
La campaña se utiliza para distraer la atención de temas cruciales como el aumento de la actividad y presupuestos de guerra mientras cada vez hay más gente que carece de seguro de salud o lo pierde, además de la inmoral matanza de inocentes en guerras de rapiña, justificadas con la ayuda de la explotación del patriotismo, o el aumento de la pobreza en Estados Unidos.
La manipulación moral de temas políticos y la agitación del fanatismo religioso han dado excelentes resultados a la derecha en Estados Unidos. Los llamados "liberales" no saben cómo neutralizar esta tendencia. Tienen miedo de desafiar tabúes y por eso carecen de definiciones políticas precisas. En realidad, deberían sentirse orgullosos de ser auténticos pro-vida: mantener el aborto legal es salvar la vida de miles de mujeres y evitarles graves consecuencias postoperatorias, además de defender el derecho de las mujeres a decidir por ellas mismas. Los fanáticos del terror no pueden decir lo mismo.
La crítica
Por Edmundo Alemany Gutiérrez
Cierta vez el director de un periódico encontró en la calle al líder de una agrupación musical, criticada en su publicación.
-Chico, ¿sabes que hubiera querido comprar todos los periódicos el otro día?, dijo el músico.
-¿Y para qué los querías todos?, inquirió el directivo.
-¿Pa’ que va ser?, pa’ tener bastante papel pal baño.
Ante el reto, la respuesta fue: “Ya ves, sin embargo, a mi me gusta mucho tu orquesta”.
La crítica no gusta, por mucho que se diga lo contrario. Y me refiero a la hecha para intentar mejorar lo que anda mal, porque la otra no es crítica sino puñales, aunque algunos los lancen de frente.
En los casi 30 años de profesión todavía estoy esperando que aparezca un directivo de algo que diga: “Periodista, quiero decirle que vamos mal; que tenemos varios problemas y nos interesaría reflejarlos en un trabajo del periódico”.
El día que eso suceda, ¿se habrá acabado el mundo?
Pero no seré tan absoluto, sólo quisiera encontrar a más individuos que desde un puesto de dirección al ser rozados por un señalamiento no se pusieran verdes de ira. Esa es una categoría de molestia superior a esa que se denomina rojo de ira, porque suele aparecer en aquellos que no asimilan que se les diga ni lo más mínimo sobre la actividad que realizan.
Para los que no gustan de la diatriba hay un pensamiento –de autor anónimo- que les va como anillo al dedo: “La crítica es el arte de encontrar razones para no admirar”. Dicho así es la justificación de lo mal hecho llevada casi a categoría filosófica.
Y precisamente, buscando en un diccionario filosófico, encuentro que la crítica y la autocrítica se definen como: “Procedimiento para descubrir y superar los errores e insuficiencias en la actividad de los partidos marxistas y otras organizaciones de los trabajadores”.
Hay más sobre el asunto: “Con la victoria de la revolución socialista, la crítica y la autocrítica se convierten en una de las principales fuerzas motrices del desarrollo de la sociedad”.
Y durante años esos principios se han intentado inculcar, y más que eso arraigar, en nuestro sistema en construcción.
Pero hay reticencia por una mayoría a ser criticados: lo mismo la rechaza el administrador de una panadería cuyo producto no hay quien se lo coma que el escritor de una telenovela nacional que no hay quien siga por insulsa e increíble.
El administrador se defiende como puede y esgrime una y mil excusas, y al final posiblemente le eche la culpa al imperialismo, por aquello del bloqueo y las dificultades con los productos para hacer el pan. Para no dirá que él se hace de la vista gorda para que sus trabajadores le “resuelvan” un poquito de harina, o de manteca o de levadura a un “infeliz” que “vive” vendiendo empanadas.
El escritor es otra cosa: se atrincherará en que quien lo critica no sabe nada de dramaturgia, de puesta en pantalla, y de quién sabe cuántos tecnicismos; y argumentará que pese a la crítica su telenovela es el espacio más seguido por la teleaudiencia, aunque no dirá de dónde sacó las estadísticas que lo aseguran.
La cuestión será para unos y otros no dejarse tocar ni con el pétalo de una rosa.
Recuerdo de los estudios de marxismo –algo que está vigente en nuestra sociedad- que a la crítica y a la autocrítica hay que verlas como una forma de poder manifestar y resolver las contradicciones que surgen en la construcción de una sociedad nueva.
Pero sucede que una cosa dice la teoría y otra la vida, por lo que se hace cada vez más difícil que los humanos –aunque nos desarrollemos en una sociedad como la nuestra- nos acostumbremos a ser “tocados” por nuestros errores. Y como se nos permite la defensa, y apenas se le va a la contraria a quien se bate como un buen mosquetero, la crítica no pasa al plano que debe: el de ayudarnos a mejorar.
Criticar puede ser equivalente a crecer cuando se hace con sanos propósitos.
José Martí, alguien que no tuvo una formación marxista pero si extraordinariamente humanista y realista para cualquier tiempo, afirmó: “No ha de temerse a la sinceridad; sólo es tremendo lo oculto”.
Y muchos critican desde lo oscuro: desde los pasillos o a través de bolas echadas a rodar siempre con malsana intención; desde el apoyo en personas sin capacidad para comprender que son utilizadas o desde anónimas denuncias, en las que mucha mentira suele mezclarse con pizcas de verdad.
Esos son, por lo general, como las moscas: primero se posan en las inmundicias para luego volar hasta lo limpio y tratar de contaminarlo. Pero, ¿qué puede una mosca sobre una sábana blanca?
Por Edmundo Alemany Gutiérrez
Cierta vez el director de un periódico encontró en la calle al líder de una agrupación musical, criticada en su publicación.
-Chico, ¿sabes que hubiera querido comprar todos los periódicos el otro día?, dijo el músico.
-¿Y para qué los querías todos?, inquirió el directivo.
-¿Pa’ que va ser?, pa’ tener bastante papel pal baño.
Ante el reto, la respuesta fue: “Ya ves, sin embargo, a mi me gusta mucho tu orquesta”.
La crítica no gusta, por mucho que se diga lo contrario. Y me refiero a la hecha para intentar mejorar lo que anda mal, porque la otra no es crítica sino puñales, aunque algunos los lancen de frente.
En los casi 30 años de profesión todavía estoy esperando que aparezca un directivo de algo que diga: “Periodista, quiero decirle que vamos mal; que tenemos varios problemas y nos interesaría reflejarlos en un trabajo del periódico”.
El día que eso suceda, ¿se habrá acabado el mundo?
Pero no seré tan absoluto, sólo quisiera encontrar a más individuos que desde un puesto de dirección al ser rozados por un señalamiento no se pusieran verdes de ira. Esa es una categoría de molestia superior a esa que se denomina rojo de ira, porque suele aparecer en aquellos que no asimilan que se les diga ni lo más mínimo sobre la actividad que realizan.
Para los que no gustan de la diatriba hay un pensamiento –de autor anónimo- que les va como anillo al dedo: “La crítica es el arte de encontrar razones para no admirar”. Dicho así es la justificación de lo mal hecho llevada casi a categoría filosófica.
Y precisamente, buscando en un diccionario filosófico, encuentro que la crítica y la autocrítica se definen como: “Procedimiento para descubrir y superar los errores e insuficiencias en la actividad de los partidos marxistas y otras organizaciones de los trabajadores”.
Hay más sobre el asunto: “Con la victoria de la revolución socialista, la crítica y la autocrítica se convierten en una de las principales fuerzas motrices del desarrollo de la sociedad”.
Y durante años esos principios se han intentado inculcar, y más que eso arraigar, en nuestro sistema en construcción.
Pero hay reticencia por una mayoría a ser criticados: lo mismo la rechaza el administrador de una panadería cuyo producto no hay quien se lo coma que el escritor de una telenovela nacional que no hay quien siga por insulsa e increíble.
El administrador se defiende como puede y esgrime una y mil excusas, y al final posiblemente le eche la culpa al imperialismo, por aquello del bloqueo y las dificultades con los productos para hacer el pan. Para no dirá que él se hace de la vista gorda para que sus trabajadores le “resuelvan” un poquito de harina, o de manteca o de levadura a un “infeliz” que “vive” vendiendo empanadas.
El escritor es otra cosa: se atrincherará en que quien lo critica no sabe nada de dramaturgia, de puesta en pantalla, y de quién sabe cuántos tecnicismos; y argumentará que pese a la crítica su telenovela es el espacio más seguido por la teleaudiencia, aunque no dirá de dónde sacó las estadísticas que lo aseguran.
La cuestión será para unos y otros no dejarse tocar ni con el pétalo de una rosa.
Recuerdo de los estudios de marxismo –algo que está vigente en nuestra sociedad- que a la crítica y a la autocrítica hay que verlas como una forma de poder manifestar y resolver las contradicciones que surgen en la construcción de una sociedad nueva.
Pero sucede que una cosa dice la teoría y otra la vida, por lo que se hace cada vez más difícil que los humanos –aunque nos desarrollemos en una sociedad como la nuestra- nos acostumbremos a ser “tocados” por nuestros errores. Y como se nos permite la defensa, y apenas se le va a la contraria a quien se bate como un buen mosquetero, la crítica no pasa al plano que debe: el de ayudarnos a mejorar.
Criticar puede ser equivalente a crecer cuando se hace con sanos propósitos.
José Martí, alguien que no tuvo una formación marxista pero si extraordinariamente humanista y realista para cualquier tiempo, afirmó: “No ha de temerse a la sinceridad; sólo es tremendo lo oculto”.
Y muchos critican desde lo oscuro: desde los pasillos o a través de bolas echadas a rodar siempre con malsana intención; desde el apoyo en personas sin capacidad para comprender que son utilizadas o desde anónimas denuncias, en las que mucha mentira suele mezclarse con pizcas de verdad.
Esos son, por lo general, como las moscas: primero se posan en las inmundicias para luego volar hasta lo limpio y tratar de contaminarlo. Pero, ¿qué puede una mosca sobre una sábana blanca?
13/07/2005 20:54 #. sin tema Hay 1 comentario.
Advierten que el uso irracional del agua podría llevar a conflictos armados en el mundo.
-Así lo expresó la Asociación Mundial del Agua en su décima reunión.
BBC Mundo conversó con Emilio Gabrielli, secretario ejecutivo de la Asociación Mundial del Agua, conocida en inglés como Global Water Partnership, una red de instituciones que tiene como objetivo un manejo integrado de los recursos hídricos.
-¿Por qué afirma Ud que el uso irracional del agua puede llevar a una guerra mundial. ¿Es realmente tan grave la situación?
Espero que no llegue a una guerra mundial, pero en realidad ya tenemos conflictos por el agua.
Usted sabe que hay 2.000 millones de personas sin alcantarillado y unas 1.000 millones de personas sin acceso al agua. Esto crea conflictos en todo el mundo.
Si recuerda, el ex secretario general de la ONU, Boutros Boutros Ghali advirtió que la próxima guerra en el Medio Oriente será por agua, no por petróleo. Gracias a Dios, esto no ha ocurrido.
-¿Es precisamente en el Medio Oriente donde el problema es más grave?
-Es ciertamente grave, pero como lo es en otras partes del mundo.
Lo que es importante es que el agua como base de la vida a veces se transforma de problema en oportunidad.
Sé de unas iniciativas entre israelíes y palestinos en las que se ponen de acuerdo para buscar soluciones de forma tal que esto no se agregue a los problemas que ya tienen a nivel político.
-Usted menciona el año 2025 como un año clave, ¿por qué?
-Varias publicaciones han dicho que alrededor de esa fecha muchos de los países que tienen problemas de agua tendrán menos del mínimo sustentable para una vida como la conocemos, que es de mil metros cúbicos por persona por año.
Si no se hace algo para cambiar como se administra el agua, la mayoría de los países que tienen escasez de agua se encontrarían por debajo del límite por habitante.
-Usted hablaba del Medio Oriente, ¿en qué otras regiones del mundo existe este problema?
-Es un problema en casi todo el mundo. En Asia, África y América Latina, no hay casi ningún país que no tenga problemas con los recursos de agua y que no tenga la necesidad de evitar el uso conflictivo de agua con las cuencas que son multinacionales.
-¿En qué regiones de América Latina, en concreto?
-En Brasil se está haciendo un esfuerzo importante por administrar los recursos hídricos que aporta el Amazonas.
Se hace lo mismo en otros países como Argentina y Uruguay.
Lo que hay que destacar es que en todo el mundo, todos, desde los usuarios hasta las instituciones, deben entender que este no es un problema sólo de los gobiernos, sino de toda la sociedad.
Todos tienen que sentirse responsables y los gobiernos tienen que crear leyes que contribuyan a resolver esta situación.
COMENTARIO. La administración norteamericana sabe esto muy bien, de hecho está metida de lleno en un sitio con grandes reservas del líquido: Paraguay. Allí tiene unos 400 soldados, ubicados además en un sitio bien estratégico, cercano a naciones en las que ocurren transformaciones sociales contrarias a la política de Washington, y a su interés en la región.
-Así lo expresó la Asociación Mundial del Agua en su décima reunión.
BBC Mundo conversó con Emilio Gabrielli, secretario ejecutivo de la Asociación Mundial del Agua, conocida en inglés como Global Water Partnership, una red de instituciones que tiene como objetivo un manejo integrado de los recursos hídricos.
-¿Por qué afirma Ud que el uso irracional del agua puede llevar a una guerra mundial. ¿Es realmente tan grave la situación?
Espero que no llegue a una guerra mundial, pero en realidad ya tenemos conflictos por el agua.
Usted sabe que hay 2.000 millones de personas sin alcantarillado y unas 1.000 millones de personas sin acceso al agua. Esto crea conflictos en todo el mundo.
Si recuerda, el ex secretario general de la ONU, Boutros Boutros Ghali advirtió que la próxima guerra en el Medio Oriente será por agua, no por petróleo. Gracias a Dios, esto no ha ocurrido.
-¿Es precisamente en el Medio Oriente donde el problema es más grave?
-Es ciertamente grave, pero como lo es en otras partes del mundo.
Lo que es importante es que el agua como base de la vida a veces se transforma de problema en oportunidad.
Sé de unas iniciativas entre israelíes y palestinos en las que se ponen de acuerdo para buscar soluciones de forma tal que esto no se agregue a los problemas que ya tienen a nivel político.
-Usted menciona el año 2025 como un año clave, ¿por qué?
-Varias publicaciones han dicho que alrededor de esa fecha muchos de los países que tienen problemas de agua tendrán menos del mínimo sustentable para una vida como la conocemos, que es de mil metros cúbicos por persona por año.
Si no se hace algo para cambiar como se administra el agua, la mayoría de los países que tienen escasez de agua se encontrarían por debajo del límite por habitante.
-Usted hablaba del Medio Oriente, ¿en qué otras regiones del mundo existe este problema?
-Es un problema en casi todo el mundo. En Asia, África y América Latina, no hay casi ningún país que no tenga problemas con los recursos de agua y que no tenga la necesidad de evitar el uso conflictivo de agua con las cuencas que son multinacionales.
-¿En qué regiones de América Latina, en concreto?
-En Brasil se está haciendo un esfuerzo importante por administrar los recursos hídricos que aporta el Amazonas.
Se hace lo mismo en otros países como Argentina y Uruguay.
Lo que hay que destacar es que en todo el mundo, todos, desde los usuarios hasta las instituciones, deben entender que este no es un problema sólo de los gobiernos, sino de toda la sociedad.
Todos tienen que sentirse responsables y los gobiernos tienen que crear leyes que contribuyan a resolver esta situación.
COMENTARIO. La administración norteamericana sabe esto muy bien, de hecho está metida de lleno en un sitio con grandes reservas del líquido: Paraguay. Allí tiene unos 400 soldados, ubicados además en un sitio bien estratégico, cercano a naciones en las que ocurren transformaciones sociales contrarias a la política de Washington, y a su interés en la región.





